De pronto San Isidro tiene un aire a Nueva York. Caminar por la avenida General Juan Antonio Pezet es una experiencia de ficción, tan confeccionada y artificial como los efectos estridentes de una película de Marvel. La arquitectura contemporánea de Lima, en particular la de distritos con espíritu empresarial como San Isidro, se ha convertido en un laboratorio de las tensiones que atraviesan la modernidad capitalista, el deseo poscolonial y la fantasía imperial. Este ensayo busca examinar el mimetismo arquitectónico como resultado de esta complejidad que no sólo es un acto de copia formal, sino la materialización de la fantasía de clase que, lejos de consolidar una identidad estable, produce ambivalencias entre el deseo, el simulacro y la exclusión.
La arquitectura y los estudios poscoloniales se vinculan en un campo que busca comprender la compleja relación entre los espacios urbanos, el colonialismo y la identidad cultural, en examinar cómo la arquitectura puede ser utilizada para imponer control político, suprimir culturas locales y reforzar jerarquías sociales. La arquitectura colonial es explotación económica, extractivismo y racismo, y puede ser tanto un instrumento de poder como un espacio de resistencia entendiendo cómo la experiencia poscolonial se manifiesta en el entorno construido. Particularmente centraré mi análisis en el edificio sanisidrino “Pezet 195”, que con su diseño que evoca las torres de Manhattan, funciona como un síntoma de las contradicciones y ambivalencias de la subjetividad colonial.
Para desarrollar este texto he acudido a un grupo de autores que sostienen que el poder colonial se manifiesta por medio de discursos y tecnologías que aseguran la prolongación de su ideología vertical donde el poder económico es el que reina. En primer lugar, es oportuno revisar el concepto de urbanidad por Homi K. Bhabha quién dialoga al mismo tiempo con el concepto de mimetismo. Es pertinente también revisar lo que Edward Said entiende como Orientalismo; también son necesarios los análisis críticos de la construcción del poder, la representación y la exclusión por Gayatri Spivak; la fantasía, el fetichismo y el deseo desarrollados por Sigmund Freud y la colonialidad del poder de Anibal Quijano.
En términos generales, el colonialismo introdujo o, más bien, superpuso influencias culturales y arquitectónicas extranjeras habitualmente europeas en los países colonizados. Era recurrente que el colonizador intentara mantener una hegemonía en el estilo arquitectónico que era contrarrestada por las élites locales de las naciones colonizadas. Sin embargo, muchas veces esta arquitectura colonial era inevitablemente violenta, las estructuras descomunales reflejaban la influencia dinámica del colonialismo, la globalización y el poder. Actualmente la aplicación del modernismo y el estilo internacional se importa a través de la cultura estadounidense, una más estándar que definió una ruptura con la morfología arquitectónica colonial anterior y que se convirtió en un símbolo de “emancipación de las potencias coloniales”.
De los textos fundamentales que estudian estos procesos particulares de poscolonialidad son las ideas sobre urbanidad que tiene Homi K. Bhabha en su libro “El lugar de la cultura”, el filósofo aborda cómo el colonialismo no sólo impone un control militar o político, sino que también transforma los espacios cotidianos y las relaciones urbanas, afectando la manera en que los sujetos coloniales se ven a sí mismos y a los otros. En el capítulo del libro «Astuta urbanidad» Bhabha describe el espacio donde se juega el mimetismo y la ambivalencia de la subjetividad colonial. Los espacios urbanos coloniales son escenarios de conflicto entre colonizadores y colonizados, no son neutrales, son zonas liminales, lugares “no-lugares” donde las identidades se negocian: pueden surgir formas de resistencia sutil o de subversión absoluta pero disimulada.

El mimetismo es una estrategia colonial mediante la cual el colonizador busca modelar al colonizado para que se asemeje a él, pero sin permitirle alcanzar una equivalencia plena. Esta diferencia «parcial» es funcional al poder porque asegura la permanencia de la jerarquía. En el contexto limeño, ocurre actualmente lo que podríamos llamar una ‘explosión inmobiliaria’ con una estética repetitiva que le promete al comprador exclusividad y singularidad, pero no es más que un aprovechamiento sutil pero violento del deseo. Los nuevos desarrollos urbanos como el edificio Pezet 195 repiten este patrón, es decir, buscan asemejarse a Nueva York, encarnar un imaginario de modernidad, pero la diferencia estructural social, económica e histórica permanece y se hace visible precisamente en el exceso de la copia. El edificio Pezet 195 no es de cinco estrellas, es de siete. No es simplemente un edificio de lujo, es un dispositivo simbólico que condensa la aspiración cosmopolita de una clase alta limeña que busca asemejarse a los centros del poder económico global mientras habita los bordes de la periferia.
Siguiendo a Bhabha, este tipo de arquitectura es un mimetismo imperfecto, es decir, una copia que nunca puede ser original, una aproximación al «Norte», a lo de “arriba” que desborda una parodia involuntaria. El resultado es una astuta urbanidad que pretende elevarse por encima de su contexto, refleja el deseo de pertenecer al mundo desarrollado pero también revela la imposibilidad de borrar la marca racial que define la ciudad. San Isidro es entonces un espacio de «presencias parciales» donde la arquitectura proyecta un deseo de centralidad global sin que se produzca una transformación material o simbólica real.
El edificio Pezet 195 es enorme tanto vertical como horizontalmente, es de cemento beige, tiene vidrios verticales y ostenta dos torres gemelas que abarcan cien departamentos listos para ser habitados por personas selectas y de gran capital económico. Es un simulacro arquitectónico, una imagen que ya no remite a una realidad original, sino que se autosostiene como fantasía absoluta. Esta lógica de simulación está al servicio de la narrativa capitalista e imperialista, donde la promesa del «primer mundo» se vuelve un fetiche que oculta las violencias y desigualdades que sustentan su existencia. Este edificio no solo refleja un deseo estético, sino también una política de exclusión y olvido de los cuerpos y culturas que no encajan en ese relato.
El mimetismo arquitectónico está atravesado por lo que Bhabha, en diálogo con Freud, describe como una «fantasía interdictoria»: un deseo incompleto que se sitúa en la frontera de lo permitido y lo inalcanzable. Los compradores potenciales de estos departamentos no están adquiriendo solo un inmueble, sino participando en una narrativa de “ascenso social”, una representación de sí mismos como ciudadanos globales. Sin embargo, esta fantasía de pertenencia es radicalmente inestable. La diferencia racial, económica y cultural no desaparece por el simple hecho de habitar una torre de vidrio, por el contrario, el gesto de copia expone más crudamente la imposibilidad de la equivalencia.

El deseo que alimenta esta arquitectura puede ser leído desde Freud, en su conceptualización de la fantasía como formación psíquica que organiza el deseo y protege al sujeto de la pérdida. La edificación de estos «no-lugares» de lujo puede interpretarse como una puesta en escena del deseo de completitud, de pertenencia a un Otro ideal, del primer mundo, del Occidente desarrollado. Freud describe cómo el deseo está estructurado por la falta y cómo la fantasía funciona como una defensa contra la angustia de no ser suficiente o de no pertenecer. En este contexto, la arquitectura lujosa limeña es el escenario de una fantasía paranoide, donde cada elemento urbano se interpreta como signo de progreso o atraso, de pureza o contaminación. Esta paranoia se traduce en la necesidad constante de blindarse, de separarse del «otro», de construir espacios cerrados y vigilados que materialicen la ilusión de un orden social sin mezcla.
Este deseo se vincula con la colonialidad del poder propuesta por Aníbal Quijano, quien denuncia cómo las sociedades latinoamericanas siguen ancladas en una matriz de poder colonial que organiza la vida social, económica y cultural en términos de raza y capital. La colonialidad del poder es un orden simbólico que define quién merece acceso a los bienes de la modernidad. El edificio Pezet 195 es un monumento a esa colonialidad persistente, un espacio excluyente donde el acceso está mediado por la blancura simbólica, el capital global y el deseo de borrar las marcas de un pasado «inferior». La arquitectura aquí se vuelve una tecnología de poder que legitima la desigualdad reproduciendo el imaginario de un mundo donde unos pocos acceden al lujo mientras la mayoría queda relegada a los márgenes.
Las firmas internacionales de arquitectos que producen estos edificios de colección están posicionadas en EEUU y Europa, y han encontrado un mercado rentable expansionista en las antiguas colonias como el Perú. Sus prácticas transnacionales sitúan sus diseños dentro del marco más general de la globalización y la arquitectura posmodernista, pero en algunos casos estas categorías se superponen con la realidad del colonialismo tardío de maneras que arrojan una fuerte luz sobre el continuo dominio del canon occidental. Esta lógica de borrado y reemplazo simbólico encuentra una raíz común con la noción de Orientalismo desarrollada por Edward Said.
Así como el Orientalismo construye al «Oriente» como un otro inferior y exótico a través de un sistema de representación colonial, la arquitectura mimética de Lima construye una imagen de sí misma basada en una negación activa de lo propio, en un deseo de ser el Occidente idealizado. Said demuestra cómo el poder imperial no solo domina territorios, sino que define identidades, saberes y visibilidades. De la misma forma, los edificios como Pezet 195 no solo transforman el paisaje urbano, sino que transforman las subjetividades, imponiendo una jerarquía simbólica donde sólo ciertos modos de ser y habitar son validados. Esta es, en esencia, una operación orientalista en clave urbana pues la ciudad se orientaliza a sí misma en su intento de parecerse al Norte, convirtiendo su propia historia, su propio mestizaje y su propia diversidad en un «Otro» que debe ser disciplinado, ocultado o eliminado. La arquitectura, como en el Orientalismo, se vuelve un campo de producción ideológica al servicio de la dominación simbólica y material.
El cosmopolitismo blanco limeño se expresa como una forma de imperialismo estético que convierte el lujo en un acto de violencia simbólica, mientras que los cuerpos «Otros» son borrados o confinados a los márgenes. La arquitectura de lujo es también una arquitectura de olvido, una forma material de la amnesia colonial que Quijano describe muy bien. El edificio Pezet 195 es pues el fetiche arquitectónico que condensa los fantasmas coloniales, los deseos neuróticos de modernidad y las lógicas extractivistas del capital. Derribar este simulacro no implica solo una crítica estética, sino un llamado urgente a desmantelar las bases coloniales que siguen organizando nuestra forma de habitar y de imaginar el mundo.
Siguiendo a Bhabha, el concepto de mimetismo no significa solo una forma de dominación: es también una posibilidad de resistencia, porque crea espacios de incertidumbre, ironía, doble sentido donde la autoridad puede ser burlada o socavada. El sujeto colonial inapropiado es una figura que no encaja en los moldes del poder y eso puede ser políticamente explosivo. Esta ambivalencia mina la autoridad colonial desde dentro, revelando que las categorías sobre las que se sustenta el racismo, la cultura y la identidad imperial son frágiles, contradictorias y falsas. La farsa de la Manhattanización limeña se hace evidente en la fractura entre el entorno construido y la realidad social a tan solo un kilómetro de distancia.

La relación entre mimetismo, poder y exclusión puede profundizarse a partir de las teorías de Gayatri Spivak, quien ha señalado la imposibilidad de representación del subalterno en las lógicas del poder colonial. La arquitectura mimética de lujo, como la del edificio Pezet 195, es una forma de violencia epistémica porque crea un espacio que silencia al «otro», lo excluye no solo materialmente sino simbólicamente, impidiendo que hable y que habite. Este tipo de urbanismo representa la fantasía de una modernidad sin mezcla, una ciudad sin cuerpos racializados, sin memorias subalternas, sin historias de resistencia. En la lógica de Spivak, el subalterno no puede hablar porque el sistema mismo de representación está diseñado para borrarlo, y en la arquitectura de lujo, ese borrado se materializa en el concreto beige, los vidrios verticales y la exclusión.
Podemos entender estos objetos arquitectónicos como «metonimias de la presencia»: sustitutos parciales de una identidad deseada que nunca se alcanza plenamente. La repetición de signos cosmopolitas produce efectos de identidad que son a la vez inclusivos y excluyentes, estabilizadores e inestables. La ciudad se convierte en un espacio de significantes flotantes donde la «modernidad» se presenta como un efecto visual antes que como un proceso social real. La autoridad simbólica de estos edificios está siempre en riesgo de ser desmantelada, ridiculizada o subvertida por la propia lógica que los sostiene.
Así como en el colonialismo clásico, el mimetismo producía sujetos «casi iguales» pero irremediablemente distintos, en la Lima contemporánea la imitación arquitectónica crea una ciudad «casi moderna», «casi global», pero siempre marcada por la diferencia que niega y a la vez necesita para sostenerse. En ese juego de deseo y desplazamiento, la identidad urbana se revela como un campo que desestabiliza cualquier intento de fijación definitiva. La arquitectura se convierte también en un espacio de resistencia donde las comunidades colonizadas pueden expresar identidad y desafíar normas que imponen.
Siguiendo a Spivak, se trata de construir discursos por medio de ciertas tecnologías que desestabilicen esta dominancia. Al hablar invitamos a esa fuerza imperial a dialogar pero no puede conversar porque no usa nuestro lenguaje. La conversación implica que el poder dominante imperialista, capitalista y patriarcal se auto examine y renuncie a los privilegios que le son injustamente dados. Esta limitación, al ser difusa, puede ser vista como una forma de cuestionamiento de la cultura dominante. El mimetismo puede ser, efectivamente, una herramienta de resistencia, necesitamos un lenguaje secreto y el mimetismo puede ser eso: nos podemos parecer pero no tanto.
Referencias:
Bhabha, H. K. (1994). The Location of Culture. Routledge.
Freud, S. (1908/2001). Creative Writers and Day-Dreaming. En J. Strachey (Ed. y trad.), The Standard Edition of the Complete Psychological Works of Sigmund Freud (Vol. IX, pp. 141-154). Vintage.
Quijano, A. (2000). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas, 201-246. CLACSO.
Said, E. W. (1978). Orientalism. Pantheon Books.
Spivak, G. C. (1988). Can the Subaltern Speak? En C. Nelson & L. Grossberg (Eds.), Marxism and the Interpretation of Culture (pp. 271-313). University of Illinois Press.